Como reza la tradición, por el puente de diciembre, Rocío y yo nos hemos ido de casa rural cerca de Burgos. La casa en cuestión rompió todos los mitos que circulan sobre las casas rurales.
Partimos el jueves a mediodía, después de preparar los oportunos bocatas en casa; justo al entrar en Castilla y León nos dio la bienvenida una niebla que no nos abandonó hasta esta mañana. El viaje por carretera fue como un viejo juego de coches del Spectrum, donde sólo veías los 10 metros que tenías delante tuya, y si mirabas por la ventana el paisaje era un manto gris. El manto gris se interrumpió durante una horilla para comer el bocata y tomar un café en el parador de Lerma, un palacio impresionante, donde los camareros van vestidos de Curro Jiménez.
Un par de horas más tarde por fin llegamos a Urrez. El pueblo es pequeñito: tiene dos bares (literal), dos casas rurales (una coincide con uno de los bares) y algunas casillas desperdigadas. Nada más llegar nos dirigimos a la primera casa rural, donde de manera osada se nos ocurrió preguntar si aquella era la Casa Rural de Cabrera. El buen señor de la barra intentó lanzarme rayos gamma con los ojos tras oír la pregunta, pero se ve que a esas horas ya estaba cansado, y se limitó a refunfuñar. Tras cinco segundos donde me dirigió una mirada que seguro que había ensayado tras horas de westerns de John Wayne, su mujer me comentó que ésa era la “otra” casa rural del pueblo, y que fuera a la plaza y preguntara por allí.
La plaza era un cruce de calles a la vuelta de la esquina. Como era ya tarde estaba desierta. Menos mal que una buena pareja se escabulló entre la parroquia que poblaba el bar, y nos dirigió a pie a la “otra” casa rural. Por deseo expreso suyo, no menciono su nombre en esta entrada
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Así que por fin llegamos a la casa. Nada más abrir la puerta, nos recibió un calorcito que animaba a acurrucarte en un rinconcito y no moverte durante los cuatro días de estancia. Sólo los más intrépidos se atrevían a salir a la calle con las temperaturas gélidas. Por fin estábamos en la casa. Al calorcito de los radiadores se le unía también el calor humano de Domingo, el gerente de la casa, que la mantiene en condiciones impecables, y está siempre dispuesto a que la estancia sea lo más agradable posible.
El segundo día fuimos a comer a la cantina del pueblo. La cantina es también el “otro” bar del pueblo. Parece que no están muy acostumbrados a servir comidas. Cuando entramos y dijimos que queríamos comer, el señor nos hizo esperar cinco minutos. Subió arriba, donde su hija jugaba a las cocinitas, le robó la libreta, la bajó, y pasó a explicarnos lo que tenía. Básicamente, cuatro cosas para picar y poco más. Tras el copioso almuerzo fuimos a Burgos, donde paseamos un rato, compramos un par de cosas y de vuelta a casa. Este día la niebla había dado algo más de tregua, y pudimos ver que estábamos justo al lado de los yacimientos de Atapuerca. El viaje nos sirvió para arrojar luz sobre una de las claves científicas de Atapuerca. Al hombre de Atapuerca se le representa siempre desnudo, pero no hay dios que tenga valor de pasearse en bolas por la Sierra de Atapuerca. Con una chaqueta, bufanda y abrigo encima de todo eso, todavía tiritaba del frío. Durante el día, la máxima era de 4ºC, y durante la noche ni idea, pero para muestra, teníamos una botella de cava que en vez de meter en la nevera, dejamos toda la noche en la ventana. Al día siguiente por la tarde, la botella estaba todavía más que fresquita.
Esa misma noche, tras haber arrojado luz sobre uno de los enigmas científicos de nuestra época, todavía nos quedaba por superar otra prueba de intrepidez. Entré al bar del pueblo, a comprar dos bocadillos. La escena fue digna de la mejor película del oeste. El ruido de la puerta dirigió todas la atención hacia mí: el forastero. Entre inquisitivas miradas me dirigí hacia la barra, donde los lugareños formaban en fila cual escuadrón romano, dispuestos a no dejar ni un hueco libre por el que se pudieran usurpar los recursos locales. La técnica del “perdón, por favor, …” no hacía efecto. Me armé de valor, cargué mis codos, y me abrí paso tras las líneas enemigas. Una vez conquistada la barra, me tuve que enfrentar a la “resistance”. La camarera pasaba olímpicamente de atenderme. Tras mucho insistir, y después de una larga y tensa espera bajo la atenta mirada de los lugareños, conseguí mi botín y me batí en retirada.
Al día siguiente fuimos a hacer un “reconocimiento” del terreno. Dimos la vuelta al monte junto al que está Urrez, siguiendo el trazado de un antiguo ferrocarril minero. El trazado estaba vallado a ambos lados del camino, y de las vallas salían extraños mechones de pelo. ¿Algodón en suspensión en el aire que se queda atrapado en las vallas? ¿Lobos que se dejan el lomo pelado cruzando el camino? ¿Señales dejadas por Hansel y Gretel (o los que fueran los protagonistas del cuento de las miguitas) para saber el camino de vuelta? La mayoría de los pelos eran blancos, otros tirando a marrón, y algún que otro negro. La solución llegó más tarde, cuando divisamos un rebaño de ovejas. Las pobres ovejitas se lanzan a comer los brotes de plantas a los lados del camino, y por el mismo precio se hacen la depilación con valla metálica. Ni lobos ni cuentos.
El camino y las indagaciones sobre el misterio peludo nos abrió el apetito. Después de las calurosas acogidas en los bares del pueblo, y dadas las exquisiteces con que nos deleitaban, decidimos dirigirnos a Arlanzón, pueblo cercano a Urrez, a comer como Don Camilo manda. En Arlanzón, tras un breve paseo divisamos un lugar con el prometedor nombre de “Asador de Arlanzón”. Ya en el interior pudimos comprobar que el sitio hacía honor a su nombre. La una del mediodía, y estábamos sentados a la mesa a la espera de un menú castellano con C mayúscula. Estábamos de suerte: tenían cordero asado sólo por encargo, pero una familia les había encargado medio cordero y no sabían que hacer con el otro medio, así que nos lo adjudicamos. Los pobres comensales que llegaron a comer a las dos se quedaron sin cordero, a pesar de solicitarlo insistentemente. Nos las prometíamos felices. Devoramos un caldito y un revuelto de setas, acabamos hasta con las migas de pan, y llegó el cordero. Exquisito. Tierno. Inmejorable (bueno, unas patatitas con el cordero no habrían venido mal). Postre y café, y orgullosos nos disponíamos a pagar la cuenta. La pedimos, y nos la trajeron doblada en un papelito. Unos minutos más tarde entenderíamos lo de “doblada”. Envalentonado ante el descubrimiento de tan acogedor lugar, estiré el brazo, y dije “eh, que invito yo”. Estiré el papel y descubrí que el cordero asado para dos personas lo vendían a unos módicos 56 eurazos, que unido al resto de manjares elevaba la cuenta hasta los 90 euros. La cuenta, doblada, entra mejor. Mi bolsillo no llegaba a 50 euros; busqué desesperadamente el Ctrl+Z, para intentar deshacer lo que había dicho. No me quedó más remedio que solicitar la ayuda económica de mi fiel compañera para poder hacer frente a una estocada que habría hecho hincar la rodilla al mismísimo Alatriste. Doloridos nos batimos en retirada a nuestro castillo en Urrez.
Al día siguiente tocaba volver a Madrid, a revivir lo que por derecho propio debería pasar a formar parte de los Episodios Nacionales: los atascos del puente de diciembre. Con paciencia enfilamos la carretera, repasando nuestras hazañas conquistadas durante tres días en tierras inhóspitas. Con horror comprobamos que nos faltaba por completar una de las misiones: comprar lotería. Así que decidimos parar en Aranda de Duero, pueblo por el que pasábamos justo a la hora de comer. Las oficinas de lotería no vendían lotería, y nos dirigían al bar de la esquina. El bar de la esquina no vendía lotería, y nos dirigía a….bueno, no lo decían, pero tampoco hacía falta. En fin, parece que no les gusta que esquilmemos uno de sus más preciados tesoros (cada burgalés se ha gastado ya 122 euros en lotería de Navidad este año). Para lamer las heridas nos metimos en un restaurante, a comer por última vez un menú castellano. No recuerdo el nombre del restaurante, pero debe ser el sitio al que llevan a comer a todos los toreros, porque no quedaba ni un centímetro cuadrado de pared libre de la oportuna de foto de torero degustando un cordero asado. Hasta Franco aparecía sentado en una de las mesas poniéndose las botas.
El menú en este aparentemente ilustre restaurante era mucho más barato que en Arlanzón, lo que confirmó nuestras sospechas de haber sido timados cual dignos guiris. El menú estuvo regado por la conversación de dos tertulianos en una mesa contigua, que debatían sobre la “cristología”, los herejes y la Iglesia católica. Uno decía creérselo todo a pies juntillas, excepto la parte de la resurrección, que chocaba con su juicio crítico. El otro era un escritor salmantino cuyo nombre no pudimos averiguar, que tampoco paraba de hablar. En realidad sospecho que los dos podrían haber hablado de cualquier tema (por ejemplo, cualquier tema aleatorio sacado de la Wikipedia).
Con la panza llena, intentamos comprar lotería de nuevo, esta vez en el pueblo de Milagros. Con ese nombre, tiene que tocar seguro. Pero de nuevo nos encontramos con los valientes guardianes de los tesoros castellanos. En la gasolinera, un chaval nos dirigió al bar del pueblo, donde él había comprado ayer mismo lotería. Tras conducir doscientos metros hasta el bar, el señor de la barra respondió con un “Ya no queda” que sonó a un “La lotería es pa’ los del pueblo”. En fin, que nos tuvimos que volver sin esa misión cumplida.
En resumen, esta nueva aventura junto a Rocío, compañera de andanzas que me ha robado el corazón, ha estado a la altura de nuestras dos semanas recorriendo el norte de Portugal y sur de Galicia, a lo largo de 250 kilómetros de “caminho portugués”. La Casa Rural de Cabrera es un lugar acogedor, calentito, con todos los lujos e innovaciones de cualquier ciudad (¡hay wireless incluso! aunque lo descubrí demasiado tarde), pero en un lugar apartado. Cerca hay montones de sitios para visitar (yacimientos, museos, monumentos..), rutas para hacer senderismo, o simplemente para estar tumbados sin hacer nada durante días. El año que viene volveremos en misión (no tan) secreta, con el firme objetivo de traer pruebas gráficas de este apartado rincón de la meseta castellana. Esta vez, dado el secretismo con el que los lugareños cuidan sus recursos, no pudo ser, y no hemos traído ni una sola foto (bueno, el hecho de que se nos olvidara la cámara quizá influyó algo también
).