Por fin he llegado a Milton Keynes. El avión salió y llegó puntual, y tampoco me fue demasiado complicado encontrar el autobús desde Luton a Milton Keynes.
Sobre el vuelo, sólo un apunte: desde la costa sur del Reino Unido, todo (pero todo todo) está cubierto de nubes. No he visto ni una parcelita desde el avión. Ya sabemos dónde se van las nubes de España de veraneo
Al llegar a Milton Keynes he pasado el primer match ball. Cuando marcaba el teléfono de la persona que iba a alquilarme la habitación, obtenía un bonito mensaje: El número marcado no existe. Después de varias combinaciones desesperadas (que si pongo este cero, que si ahora no, que si pongo 0044 delante, que si no lo pongo, que si pongo un + en vez de 00), logré contactar, me enseñó la habitación, y sin problemas.
Más tarde, de nuevo pelea con el teléfono. Tampoco podía llamar a Andrea o Juan. Tras varias combinaciones, lo logré (todavía no tengo claro cómo se llama con el móvil, supongo que a fuerza de intentarlo me lo acabaré aprendiendo).
Así que todo hecho, venga, vamos a la Universidad. No llovía mucho, así que decidí ir andando. Después de 20 minutos andando, y cuando realmente ya no sabía donde estaba, me di cuenta que Milton Keynes es más grande de lo que pensaba. Menos mal que encontré una parada de autobús, y pude coger un autobús que me dejó en la puerta de la Universidad (por cierto, el autobús urbano cuesta ¡1.80! Euros). Llegué sobre las 5, cuando ya no quedaba casi nadie. Afortunadamente Andrea y Juan me estaban esperando.
Por tanto, en el primer día de exilio, resultados satisfactorios. Ya os iré avanzando mis peripecias, y os contaré las extrañas costumbres de los lugareños (¡cenan a las seis de la tarde!).

Te falta una foto chico!
¡Ahí está nuestro fraguel viajero! Ya sabes que por estos lares tienes lectores compulsivos. Nosotros intentaremos no contarte lo ricas que están las niñas cuando llega el verano